Oración y Teología, una unión inseparable
Cor Meum Tibi Offero Domine, Prompte Et Sincere
(Mi corazón te ofrezco,
Señor, pronto)
Juan Calvino
Quizás se puede pensar que el reformador Juan Calvino era
un teólogo frío y puramente intelectual,
pero esto no es así. En su libro La institución a la religión cristiana trata
con profundidad el tema de la oración, y se puede observar el lado humano y
apasionado del reformador. De ahí que su frase se convirtió en lema: Mi
corazón te ofrezco Señor, pronto. Sin
lugar a dudas, el teólogo Juan Calvino era un hombre de mucha oración. Así
quiero introducir: Un gran teólogo y un hombre de oración, como muchos otros a
través de la historia de la Iglesia. Este puede ser el punto de unión para desarrollar
la idea de no separar la oración, o en
términos más generales la vida espiritual, de la teología. Dios nos pide un
tiempo. Sí, un tiempo a solas, alejados de la ajetreada agenda ocupada. Como
dice Yves Congar: Huiremos de la agitación superficial, de la ‘diversión’,
de las mil futilidades miserables de los señuelos hedonísticos ofrecidos por el
mundo ambiente con su ruido, su fiebre, su ausencia de disciplina moral, sus
tentaciones tan dispersantes, y disgregadoras, indiscretas e insatisfactorias
[1]. Huiremos, para luego volver a la realidad con respuestas, iluminados
por Dios para dar a conocer el mensaje en la situación como esboza Paul
Tillich [2]. Enfatizo nuevamente con esto que el quehacer teológico, no puede ir
separado de la vida espiritual, en concreto, la oración. No se pueden dar las
respuestas correctas en la situación, si no se consulta al Dueño. No se
puede dar el mensaje eterno, cual eficaz para dar vida, si no se está empapado
del Dueño de la vida. Así como dinámicamente estamos conectados con la
realidad, así de la misma forma debemos estarlo con Dios.
La Iglesia ha desarrollado a través del tiempo su propia
espiritualidad, con sus respectivas metodologías e interpretaciones. Así como para la Iglesia católica hay una teología
espiritual, para los pentecostales lo es su Pneumatología, aquel
apartado o sección que nos permite observar la vida espiritual del creyente
unida a su comunidad y comprometida con el prójimo. Por ello, mi deseo es dejar
claro la necesidad de retocar la espiritualidad, en concreto la oración, y como
está unida al quehacer teológico. Me he propuesto definir ambos conceptos
(oración y teología), esbozar el problema de la separación entre ‘teólogos’ y
‘espirituales’, para luego concluir con una reflexión que intenta articular la
unión existente entre ambos conceptos.
1-Vida espiritual y oración.
La oración, como dice Yves Congar, es una actividad
teologal accesible a todo cristiano que tenga una vida espiritual en ejercicio
[1]. La oración, por lo tanto, es ese ejercicio espiritual que forma parte de
la vida espiritual del individuo que ha recibido a Jesucristo, y con ello 3 virtudes teologales:
Fe, esperanza y amor. La fe que nos permite creer en Jesús, y por tanto le
recibimos como Señor y Salvador, la
esperanza que nos permite permanecer en Jesús, y el amor que nos permite ser y vivir como
Jesús. Estas son virtudes que vienen pero no se van, si no que se desarrollan y
nutren por la operación directa y
permanente del Espíritu Santo ‘Y yo rogaré al Padre, y os dará
otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre’ (Juan 14:16 RVR 1960). El Espíritu Santo nos lleva al Padre, gracias al
sacrificio de Cristo, sin temores (Ro 8:15). Esta interconexión teologal
estructurada por el misterio Trino, permite que el creyente de forma activa
pueda participar libremente, por medio de ejercicios de disfrute, como lo es
uno de ellos la oración. Pero antes de empezar con esta disciplina, quisiera
dar a entender que no es un elemento más, pues se desprende de la vida
espiritual de cada creyente. Para ello es necesario definir conceptos.
1.1 ¿Qué es vida?
Vida significa actividad, más concretamente, actividad
que nace de dentro del sujeto que la realiza. El idioma griego posee dos
vocablos para designar a vida: Zoé, que hace referencia a la vida como
cualidad o condición poseída por el sujeto al que se califica de vivo; y bíos,
que designa en cambio el despliegue temporal de ese vivir. En conclusión, vida
designa la realidad de un sujeto que posee actividad en sí y por sí, y que está
dotado de capacidad para reaccionar frente al ambiente. De ahí que la gran
diferencia entre un ser vivo de un ser inanimado, es que no sólo es movido por otro si no que también
se mueve por sí mismo[3]. A lo que quiero llegar es que, para que tal ser vivo
se mueva por sí mismo necesita de un alma o espíritu del que procede esta
actividad. Por lo que introducimos para ello el término vida espiritual que
significa algo más que lo anterior, pero era necesario desplegar susodicha idea,
para dar a entender que vida, ya sea en términos generales o específicos,
significa movimiento del espíritu.
1.2 ¿Qué es espíritu?
El término latino spiritus del que proviene el
castellano espíritu significa aire en movimiento, sea en forma de brisa, sea en
forma de viento fuerte, y por extensión aliento o vida. En suma, se dice que el
hombre es espíritu, para indicar que es capaz de una actividad que no solo nace
de su interior, sino que trasciende los condicionamientos inmediatos, para ir
más allá de lo tangible [3]
1.3 Entonces…, ¿Qué es vida espiritual?
Una vida que implica no solo actividad, sino inmanencia,
conciencia de sí, conocimiento, amor. Tal es la vida propia del hombre, ser
dotado de una fuerza interior que va más allá de lo sensible y de lo inmediato,
y le abre el conocimiento de la realidad en cuanto distinta de él mismo, y en
última instancia, al amor, a la plena comunicación con los demás seres
espirituales. Además de ello, esta vida
se despliega plenamente cuando el ser humano, siguiendo el dinamismo de su
inteligencia, al conocimiento de Dios y se abre, por el amor, a la relación con
ÉL. Una vida- y la revelación cristiana llega aquí a su culmen- que es vida
trinitaria, vida espiritual llevada a plenitud, vida de conocimiento y amor
vividos en unidad de esencia y trinidad de personas, en la íntima, constante y
cosubstancial comunicación entre Padre, Hijo y Espíritu Santo. [3]
Por lo tanto, si la vida espiritual es aquel dinamismo
inmanente, trascendente y pleno en el misterio Trino, es necesario analizar una
de las tantas vías que nos conducen al conocimiento de Dios, y que nos permiten
mantener esta vida espiritual: La oración.
1.4 Jesús y la oración:
Si hay alguien a quien buscar para que nos defina la
oración, es Jesús. La razón principal es que introduce un nuevo concepto que
según algunos eruditos como el Dr. Yattenciy Bonilla no existía dentro de su
contexto. Además, tal concepto es utilizado hoy por todos los cristianos. El
famoso pasaje de Mateo 6: 5-15, es donde Jesús presenta el prototipo de oración
y nos enseña a orar. Lo interesante es que en dos versos bíblicos el Maestro
genera una a crítica que deconstruye lo
que ya estaba (oraciones hipócritas de los fariseos, y vanas repeticiones de
los gentiles vv 6-7), para luego construir una nueva fórmula eficaz. Según
algunos eruditos la palabra griega utilizada en el contexto de Jesús era polulogia,
que consistía en la capacidad de repetir muchas palabras como una ‘oratoria a
los dioses para tatar de convencerlos y buscar su favor divino’. Cosa que Jesús
criticó con vehemencia en el verso 7. Jesús introduce una fórmula que es
diametralmente opuesta a la de su contexto, utiliza la palabra griega proseujé.
Segú el Dr. Yattenciy Bonilla tal palabra tiene 3 raíces:
Pros: Intimidad/identidad.
Jesús da a conocer que la oración es un momento de intimidad que nace desde la
disposición del corazón, por ende, más allá de las simples palabras.
Eu: Transformación/
renovación. Jesús añade que la oración es un momento de ser transformado a la
imagen de Dios, ser renovado. No se puede salir de la misma forma que se entró a
hablar con Dios.
Jé: Gracia.
Regalo inmerecido, donde Dios comparte su vida con el creyente. Dios nos da un
regalo, el cual es darnos de él. Por lo tanto la oración es esa actividad donde
él nos entrega de su presencia [4].
Se puede decir entonces que al introducir Jesús esta
nueva forma de orar, el creyente debe entender que por medio de tal acción puede recibir de Dios lo necesario para ser como Jesús, por
medio de la intimidad dinámica de este ejercicio.
Los padres de la Iglesia entendieron lo que Jesús quería
decir y por ello no sólo definieron la oración como lo hizo San Gregorio de
Nisa: La oración es ‘conversación o coloquio con Dios’, o San Juan
Clímaco: La oración es ‘conversación familiar y unión del hombre con Dios’,
sino también la calidad que acompaña tal acción, como lo ideaba San Juan Damasceno
‘Elevación del alma a Dios’ o Agustín
de Hipona ´Mentis devotio, id est, conversio in Deum per pium et humilem
affectum (elevación piadosa y llena de afecto de la mente hacia Dios)’ [3]
1.5 ¿Por qué todos estos conceptos?
Sencillamente para reforzar la idea de que la oración es
parte de lo que nos fue dado: vida espiritual; vida engendrada por el Espíritu
Santo y por la Gracia de Cristo. También para entender que todo ejercicio reflexivo sobre todo en el
campo del quehacer que respecta a la
Iglesia (la teología), es gracias a esa vida espiritual que se nutre a través
de la oración, a pesar de que en la historia de la Iglesia hubo una separación
entre lo espiritual y lo teológico, lo cual mencionaré ahora, sin antes dejar
de definir qué es la teología en relación a su función contemplativa.
2- La teología y su función contemplativa.
Si bien podríamos decir que la teología es el estudio de
Dios, lo cual no estaría mal, pero también hay que añadir que es una
disciplina, y por lo tanto, está sometida a diferentes métodos y funciones,
entre otras cosas. Una de las funciones que ha tenido la teología ha sido la
contemplativa, la cual tiene una profunda relación con lo que respecta a la
vida espiritual, además de que en su desarrollo ha pasado por períodos críticos
que más adelante abordaré.
2.1 La teología como contemplación:
Justo González mencione que ‘cuando se decía que
alguien era ‘teólogo’, frecuentemente lo
que se quería decir era lo que hoy entendemos por ‘místico’. Por eso, desde
fecha bien temprana, se dio en llamar al autor del Apocalipsis ‘Juan el teólogo’.
Por eso el título de «teólogo» se reservó en la antigüedad para aquellos
autores que se destacaban por su espíritu contemplativo. Uno de ellos era Gregorio
Nacianceno, quien decía que los primeros pasos del teólogo ha de ser ‘pulir su
propio ser teológico hasta que brille como una estatua’ [5]. Es
decir, existía en él, como en muchos otros, esa unidad entre la Teología y la
vida espiritual; no habían puntos de comparación entre la una y la otra. Sin
embargo, el desarrollo de la vida espiritual y la teología ha tenido su
abordaje desde la era patrística, donde hasta el medioevo pasó por períodos
críticos.
2.1.2 Período patrístico:
Por lo general existían 3 tipos de obras: 1-De finalidad
didáctica, donde se recogen experiencias y consejos prácticos para impulsar la
vida espiritual de los oyentes. 2-De carácter biográfico o testimonial, donde
personas de honda espiritualidad han dejado constancia de su trato con Dios 3-Obras
específicamente teológicas; obras que profundizan en la naturaleza y características
de la vida cristiana en cuanto vida de comunión con Dios.
Ejemplos de estos 3 grupos de la época patrística tenemos
a: Juan Casiano con sus ‘colaciones’ quien podría incluírsele en el
primer grupo; San Agustín y sus confesiones en el segundo; Gregorio de
Nisa con la vida de Moisés en el tercero. Cabe destacar que en este
período los escritos teológico-espirituales no constituyen un sector separado o
específico, sencillamente, una manifestación más de la Teología. No habían en
tal período distinciones entre ramas, partes o especializaciones. La reflexión intelectual
se vivía, en consecuencia, en el seno de una profunda comunión entre teología y
espiritualidad. [3]
2.1.3 Periodo medieval:
El cambio es importante sobre todo en la metodología del
saber teológico. El punto de inflexión fue por sobre todas las cosas, por una gran revolución intelectual donde se
recepciona a Aristóteles y por consiguiente se define la Teología como ciencia
en el sentido aristotélico, es decir, no sólo entender la Teología como saber
de la verdad o realidad de las cosas, sino crítico, metodológica y críticamente
estructurado, y en un grado u otro, demostrativo. De esto, brotaron
consecuencias: Tendencia a exponer sintética y sistemáticamente la verdad
cristiana y preocupación por los problemas metodológicos, y en consecuencia,
una preocupación por las distintas ramas del saber teológico. La tendencia
sistematizadora afloró con la summa theologioe de Santo Tomás de Aquino.
Al hacer esto, los temas teológicos-espirituales, pasaron a ser preocupación para
ser sistematizados con determinada
precisión en el lugar donde debían ir. Ya en el XV y XVI, la teología
estrictamente utiliza una perspectiva metodológica, donde se empezó a
desarrollar la Teología moral, luego la Teología espiritual, la Teología dogmática, donde cada una de ellas empezó a
adquirir su propia fisonomía. Esto produjo un quiebre entre ‘teólogos’ y ‘espirituales’,
dado que los tratados de Teología espiritual carecían de una conexión con la
realidad dogmática: una desconexión entre espiritualidad y dogma; entre
revelación de Dios en Cristo y experiencia espiritual. Esto produjo un gran
distanciamiento entre los teólogos, con esa capacidad crítica, de entender la
ciencia en el sentido aristotélico y la vida y experiencia espiritual. Por lo
tanto, el efecto es que había una teología rigurosa de alto análisis
conceptual, pero carente de impulsos e incidencias vitales de espiritualidad;
y, de otra, una literatura piadosa y devocional, a la que se da acogida a
experiencias y enseñanzas espirituales, pero sin anclarlas en una reflexión
honda y acabada sobre la realidad teologal cristiana. [3]
Es evidente, que actualmente tanto las Iglesias
protestantes como la Católica han hecho grandes esfuerzos por mantener la unión
entre la espiritualidad y la teología. Observamos el carácter experiencial en
la teología pentecostal, como lo es su pneumatología y su importancia en el
quehacer teológico. También observamos la teología espiritual ya consolidada
por la Iglesia católica como necesaria para un integro desarrollo teológico.
Sin embargo, se suele olvidar el aspecto místico, espiritual o devocional de la Teología. Esto
lo vemos reflejado en la historia de la Iglesia y sus problemas entre
‘teólogos’ y ‘espirituales’, y en la actualidad, cuando se observa con desmedro
la experiencia devocional de la vida espiritual como de carácter secundario.
Claramente esto no es así, por ello quiero concluir con una palabras finales.
3-Una reflexión final…
Con intenciones de unir los puntos tratados a través de
las líneas anteriores:
3.1-El ejercicio de la oración: Voz de Dios.
Mi padre siempre me enseñó que era necesario ser sensible
a la voz de Dios, pero esto lo he ido
aprendiendo con el tiempo. Sin lugar a dudas Dios nos habla, pero no lo hace
con grandes estruendos. Así le ocurrió a Elías. Quizás el esperaba otra
gloriosa manifestación de Dios: Una gran lluvia de agua o fuego frente a sus
ojos, pero no ocurrió así. Nuestro querido profeta estaba desanimado, luego de
haber hecho hazañas, la depresión lo consumía al saber que lo perseguían para
matarle. Pero Dios apareció a su encuentro para confortarlo y de una forma muy
distinta a la que comúnmente se le presentaba,
leemos: ‘Como
heraldo del Señor vino
un viento recio, tan violento que partió las montañas e hizo añicos las rocas;
pero el Señor no estaba
en el viento. Después del viento hubo un terremoto, pero el Señor tampoco estaba en el
terremoto. Tras el terremoto vino un fuego, pero
el Señor tampoco estaba
en el fuego. Y después del fuego vino un suave murmullo. Cuando
Elías lo oyó, se cubrió el rostro con el manto y, saliendo, se puso a la
entrada de la cueva’ (1 Re 19:11-13)
Así es, un simple murmullo poco peculiar para Elías, y creo que para nosotros
también. Dios nos está hablando en este tiempo, y lo hace en el silencio, en lo cotidiano; lo sencillo. No creo que Dios
nos hable en el parafernálico bullicio y ostentoso escenario moderno, donde las
masas se apretujan con frenesí. El gran teólogo Jesucristo nos enseña que tal
cosa no es posible. Jesús, en quien habitaba la plenitud del Espíritu, se
alejaba de las masas, iba a su Padre a orar y luego volvía con las respuestas.
El mensaje de los profetas y de Jesús era eficaz y oportuno porque se alejaban
de la multitud, de tal bullicio, para estar con la Fuente de lo creado y empaparse
de la Palabra de Dios. Estoy de acuerdo con que además de la relación que tenía
Elías con Dios, estaba profundamente involucrado
con su realidad. Como buen profeta conocía los vericuetos sociales, políticos y
religiosos que estaba pasando el pueblo de Israel, pero una cosa no quita la
otra: Hay que estar cerca, pero a la vez lejos; hay que estar en oración a Dios
y también con el otro. Así ocurrió con Elías, y lo vemos reflejado en este
pasaje. Esto tiene mucho sentido junto
con lo que Paul Tillich dice sobre el quehacer teológico: Una buena teología es
la que mantiene el mensaje eterno (Jesús) pero que logra adaptarlo a la
realidad temporal, a la ‘situación’, sin diluirlo [2]. Pero además de
ello, también menciona que es
conveniente estar viviendo tal realidad para lograr la teología que se presupone.
Jesús respondió a su realidad de manera extraordinaria, así también como lo
hicieron los profetas. Si el teólogo desea hacer una teología contextual,
claramente debe entrar y vivir la ‘situación’, pero no debe olvidarse
que juega también un rol importante el escuchar la voz de aquél que es dueño de
la situación. Alejarse, para estar tiempo con él, y aprender a ser
sensible a su voz que nos interpela en lo cotidiano. Un teólogo que no ora, no
puede ser lo suficientemente sensible a su realidad, pues no es sensible a la
voz de Dios que se presenta en ella. Un teólogo que no ora no es capaz de ser
sensible a la realidad dolida y destruida que necesita el mensaje cristiano,
pues no recibe a Cristo mismo, quien comparte su dolor, amor y compromiso con
quien le busca. Un teólogo que no ora no puede hacer una buena teología.
3.2 El ejercicio de la oración: Presencia de Dios.
Mi padre también me enseñó que era necesario ser sensible
a la presencia de Dios, pero esto lo he
ido aprendiendo con el tiempo. Dios también está presente: "Porque tuve
hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero,
y me recibisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis;
en la cárcel, y vinisteis a mí” (Mt 25:35-36 BLA) Por lo general, los pentecostales creen que la presencia de Dios se reduce simplemente
a experiencias extáticas. Yo creo que tales manifestaciones y respuestas a la
irrupción del Espíritu son legítimas, pero creo que no es lo único. Ser sensible
a la presencia de Dios es también tener la capacidad de observar y responder a la
realidad que nos rodea, donde Dios se está moviendo permanentemente. Es ser Cristo como dice San Agustín, es
decir, ser enteramente humano, actuar como Jesús. Ser sensible a la presencia
de Dios, es recordar que Cristo habitó entre nosotros (Jn 1:14) y que
siendo hombre estuvo con los afligidos, los desprotegidos y los marginados. Por
ende, reconocer en nuestra realidad, que cuando el desprotegido está en frente
nuestro, ahí está la presencia de Cristo y ese es el momento para
desacomodarnos por el prójimo. Como dice Louis Evely: Dios nos ha hecho
tocar tierra [6] y lo ha hecho para que vivamos la humanidad como la
vivió Cristo, en servicio al otro. En la oración aprendemos a interceder por quienes
están sufriendo; aprendemos a sufrir con los que están sufriendo. Pues en la
oración Dios nos comparte de su amor; un amor que todo lo sufre, todo lo
espera, todo lo soporta (1 Cor 13:7). Por eso el Teólogo no solo debe
conocer la voz de Dios para dar respuestas pertinentes, si no que se debe
involucrar en su realidad pero desde una vida de oración que plasma el
sentimiento y la vida de Cristo; Aquél que sufrió por la humanidad y se entregó por
ella. Así el teólogo hará una teología sensible, con sentido de pertenencia, es
decir, una teología que responde a las realidades con el mensaje cristiano.
En conclusión, la teología sin oración es mera herramienta
intelectual, poco sensible a la realidad humana, a la voz y presencia divina. La
oración es el medio donde Dios actúa. Que él ilumine nuestra mente; que él
ilumine el quehacer teológico. La oración y la Teología, una relación
inseparable.
-Jefté Retamal Mujica.
(Este artículo fue publicado en el libro 'Madrugando con Dios' del Pastor Gabriel Gil. Para poder descargar de manera gratuita el libro puede acceder al siguiente enlace: https://gabrielgila.wordpress.com/libros/ )
Bibliografía
[1] M.-J Congar Yves. El Espíritu Santo y nuestra
oración. El Espíritu Santo. Vol 172. 2da edición. Barcelona: Editorial Herder; 1991.
p. 320-321.
[2] Tillich Paul. El punto de vista. Teología sistemática
I. Verdad e Imagen. p. 15-18.
[3] Gallardo Juan María. Teología espiritual [internet].
2003. Disponible en: https://encuentra.com/.
[4] Yattenciy Bonilla. Debemos orar como
Jesús. Disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=wyliSloZXyM.
[5] González Justo. ¿Qué es la
teología?. Introducción a la Teología cristiana. Abingdon Press. p.14-15.
[6] Evely Louis. La encarnación. Una
religión para nuestro tiempo. 20° edición. Salamanca (España): Ediciones
sígueme; 1976. p. 94.

Gracias por este tremendo artículo. No solo me hace bien en lo académico, también en lo espiritual. Siga escribiendo, vuestra pluma está destinada para bendecir!
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